“Os pido perdón”. De la muerte de Cedric a la esperanza de James: historias del corredor de la muerte de Estados Unidos

- en Città per la Vita

“Quiero decir que siento mucho haberos quitado a Roxann y a Anthony. No puedo ni imaginar el dolor que os he causado.”

Son las últimas palabras de Cedric Allan Ricks, que pronunció con la voz rota por las lágrimas desde la camilla de ejecución, en Texas. El miércoles 11 de marzo de 2026, a las 18.55 hora local, murió por inyección letal. Era culpable de un crimen gravísimo, y lo sabía. Lo había dicho durante el proceso y en sus cartas, hasta el último aliento.

Pero en trece años de corredor de la muerte aquel hombre había cambiado. Lo sabían bien Barbara, Linda y Carmen, ciudadanas italianas que, con la campaña de la Comunidad de Sant’Egidio, habían empezado a escribirle y, carta a carta, habían entablado una amistad de verdad. Poco antes de morir, Cedric había escrito a Linda, citando al profeta Nehemías: “También yo tengo una muralla delante. No le pido a Dios que me libre, sino que me dé fuerzas para terminar mi carrera. Demos gracias a Dios, que sabe ver lo mejor de nosotros, cuando todo el mundo solo ve lo peor”.

Cedric Ricks es la sexta persona asesinada en Estados Unidos desde que empezó 2026. Ningún Estado debería haber tenido el poder de apagar aquella vida que había renacido.

Gracias por los miles de peticiones enviadas, una ayuda a la conciencia de todos para recordar que la vida es sagrada.

Una vida salvada en Alabama

En estos mismos días, a pocos kilómetros de distancia, se vivió una historia muy distinta. Charles Lee “Sonny” Burton, de 75 años, obligado a vivir en silla de ruedas, esperaba su ejecución, que estaba prevista para el jueves 12 de marzo en Alabama. Llevaba más de treinta años en el corredor de la muerte por un homicidio que tuvo lugar en 1991, un homicidio en el que participó aunque no disparó el tiro mortal. Estaba fuera de una tienda cuando uno de sus cómplices asesinó a Douglas Battle durante un robo.

El martes, a menos de cuarenta y ocho horas de su ejecución, la gobernadora republicana Kay Ivey conmutó la condena a muerte por cadena perpetua. “Sería injusto ejecutar a uno de los participantes en el crimen mientras que la persona que apretó el gatillo no es condenada del mismo modo”, declaró. El hombre que disparó, Derrick DeBruce, ya vio cómo le reducían su pena por cadena perpetua en 2014, y murió en la cárcel en 2020.

Charles se echó a llorar cuando conoció la decisión. “Solo sabe decir gracias. No parece suficiente, pero es todo lo que puedo darle”, comunicó a través de su abogado. Es solo la segunda vez en casi nueve años de mandato que Ivey conmuta una condena a muerte. En Alabama, menos del 0,5 por ciento de los condenados a muerte han obtenido clemencia.

El caso de Duckett: el ADN lo puede cambiar todo

Mientras tanto, en Florida se abre otro capítulo crucial. James Duckett, antiguo agente de policía de 68 años, está en el corredor de la muerte desde 1988 por la violación y el asesinato en 1978 de Teresa McAbee, de 11 años. Su ejecución está prevista para el 31 de marzo de 2026.

Duckett siempre ha proclamado su inocencia. El proceso se basó en gran parte en pruebas circunstanciales: huellas de neumáticos, huellas palmares en el coche patrulla, y el relato de un testigo que posteriormente se retractó. El 6 de marzo, el tribunal del condado de Lake admitió la petición de la defensa de hacer nuevas pruebas de ADN con material biológico que se halló en la ropa de la víctima.

La prueba del ADN “debería dar resultados antes del 18 de marzo de 2026”. Con los resultados, el tribunal determinará si es necesaria una nueva audiencia. El Tribunal Superior de Florida suspendió el calendario procesal a la espera de los resultados.

Sus abogados sostienen que las actuales técnicas de análisis de ADN que no existían cuando tuvo lugar el primer juicio y que los resultados podrían rebatir la condena. Esta es nuestra esperanza.

FIRMA LA PETICIÓN

No en nuestro nombre

Cedric pedía perdón. Charles daba gracias por haber salvado su vida. James espera que la ciencia hable antes de que sea demasiado tarde. Tres historias distintas, una sola cosa clara: con la pena de muerte nadie gana nada, ni las víctimas, ni la justicia, ni la sociedad. Lo único que hace es provocar más dolor.

La Comunidad de Sant’Egidio acompaña todas estas historias, del mismo modo que en los últimos cincuenta años ha acompañado a quienes corren el peligro de morir a manos del Estado. Toda vida, y lo repetimos, TODA VIDA es sagrada e inviolable.